Yo esperaba, con el corazón palpitante, que él me dirigiera la palabra, pero guardó silencio como antes.
Poco después de media noche salió del cuarto.
Por mucho tiempo todavía lo oí pasearse afuera en el corredor, y el ruido sordo de sus pasos me recordó otra noche en que, no menos temblorosa, había oído ese mismo ruido, dividida entre el temor y la esperanza.
Todo un mundo nos separaba de aquel tiempo, y la joven criatura insensata que, presa del vehemente deseo de ayudar a los demás y de sacrificarse, escuchaba entonces en la obscuridad, me parecía en ese momento como un ser perteneciente a una de las estrellas que centellean allá arriba en la inmensidad.
El ruido de los pasos se atenuó: Roberto había entrado en su cuarto.
«¿Volverá?—me pregunté, aplicando el oído al ojo de la cerradura.—Seguramente no puede dormir.»
Y me estremecí de gozo al oír que el ruido se acercaba de nuevo.
Pero por mi cabeza pasó este pensamiento:
«¿Qué te importa que vuelva o no? ¿Acaso es por él por quien estás aquí? ¿No tienes allí, delante, a tu felicidad, tu vida, todo lo que amas?»
Me dejé caer ante la cama, y cubriendo de besos las manos de Marta, le supliqué que tuviera compasión de mí, quería hablarle, le decía, tenía un peso que me aplastaba el pecho, que me sofocaba: iba a ahogarme.