Él se volvió y me miró.
—Roberto—dije,—¿por qué no me hablas? Si hicieras compartir a otro el dolor que te oprime, eso te aliviaría.
Se levantó bruscamente, se me acercó y me tomó ambas manos. A ese contacto sentí que todo mi cuerpo se abrasaba y se helaba alternativamente. Pero hice un esfuerzo para sostener su mirada y lo miré con firmeza, de frente.
—Es la primera palabra bondadosa que me diriges, Olga—dijo él.
—¿Qué quieres decir con eso, Roberto?—balbucí.—¿Me he mostrado desatenta para contigo?
—¡Si sólo fuera desatenta!—replicó él.—Pero me has tratado como a un extraño, como a un intruso, me has alejado del lecho de mi mujer.
—¡Que Dios me libre de ello!—grité deshaciéndome, pues sentía que iba a caer en sus brazos.
Y él continúa:
—Olga, si alguna vez te he hecho daño... ¿cuál, no lo sé? Pero debe de ser así, de lo contrario no me rechazarías de esa manera; tu mirada, tu actitud entera, serían menos duras para mí... Si, pues, te he hecho daño, Olga, no ha sido culpa mía; nunca he tenido sino buenas intenciones para ti. He... habría querido que siempre estuvieras aquí como en tu casa, que no tuvieras necesidad de ir a vivir entre gente extraña... entonces bajo las miradas de Marta, de aquella a quien ambos amamos...
¿Para qué pronunciaría su nombre? Sentía nacer en mí una fiera alegría, me parecía que me brotaban alas; y he ahí que su nombre me hería como un latigazo. Me mordí los labios hasta que brotó la sangre. Pero a pesar de todo quise permanecer serena, quise desempeñar el papel de ángel protector.