—Roberto—dije,—te has equivocado gravemente con respecto a mí: nada he tenido nunca contra ti. Me he vuelto temerosa y arrogante en el extranjero, eso es todo. Debes armarte de paciencia para tratarme, debes tener confianza en mí... ¿quieres?
Entonces vi resplandecer en sus ojos como un rayo de sol.
—¡Te estoy tan agradecido, Olga!—dijo.—¿Por qué no había de continuar teniendo confianza en ti? Mira, desde el día en que hicimos juntos en el bosque ese paseo a caballo, ¿te acuerdas? (¡Oh, si me acordaba!) desde ese día te he querido como a una hermana, aún más que a todas mis hermanas. Y al mismo tiempo te respetaba, te veneraba como a mi ángel tutelar. Y de hecho, lo has sido, lo serás todavía en el porvenir, ¿no es verdad?
Hice seña de que sí sin decir nada y me oprimí el pecho con las dos manos; en seguida, cuando él lo notó, las dejé caer, pero retrocedí tres pasos tambaleándome y fue un milagro si conseguí mantenerme en pie.
Inquieto, él se me acercó.
—Estoy cansada—dije, esforzándome por sonreír.—Ven, vamos a sentarnos, la noche es larga.
Nos quedamos, pues, sentados el uno frente al otro, separados por el angosto madero de la cama, con los brazos apoyados en el borde, mirando al otro extremo el rostro de Marta, que un movimiento nervioso sacudía a cada instante; sus párpados parecían cerrados, las sombras de sus pestañas descendían hasta muy abajo en sus mejillas; pero, cuando uno se inclinaba hacia ella, veía brillar en el fondo de las obscuras cavidades el blanco de los ojos, con un lustre de nácar pálido. Él lo notó, lo mismo que yo.
—Se diría que ya está muerta—murmuró, ocultando la cabeza entre sus manos.—Y si muere—continuó,—no será a consecuencia de su parto, no será de esa miserable fiebre; sólo yo seré la causa de su muerte.
—Por el amor de Dios, ¿qué dices?—exclamé, extendiendo hacia él mis brazos.
Él inclinó la cabeza sonriendo amargamente.