—¿Qué está bien?—pregunté.
Ella se sonrió y guardó silencio.
En seguida le volvieron los dolores; se agitó, rechinó los dientes, pero no exhaló una queja.
—¿Quieres que llame a Roberto?
Ella dijo que sí por señas.
—Traedme también al niño—murmuró.
Accedí a su pedido. Hizo colocar a la criaturita en su cama a su lado y la contempló por largo rato. Trató también de besarla, pero estaba demasiado débil.
Antes de que Roberto llegara, había vuelto a caer en su sueño.
Él me dirigió una mirada de reproche diciendo:
—¿Por qué no me has hecho llamar más pronto?