—Tén la seguridad de que más vale así. Tu presencia le habría causado una emoción demasiado fuerte.

—Tienes razón, como siempre—dijo él.

Y salió, sin notar felizmente el rubor que su elogio me había hecho subir a la cara.

Marta se hallaba de nuevo sin conocimiento, las mejillas rojas, la frente cubierta de sudor, y siempre ese movimiento siniestro de los labios que se agitaban y chasqueaban sin interrupción.

A eso de la una vino el doctor; le tomó la temperatura y notó una disminución de la fiebre.

—Aumentará y disminuirá todavía más de una vez—dijo.

Tampoco compartió la alegría que nos había causado el despertar de Marta.

—No le habléis cuando vuelva en sí—agregó,—y sobre todo no la dejéis hablar. Necesita de la menor porción de sus fuerzas.

Antes de marcharse me miró largamente y meneó la cabeza con expresión inquieta. Sentí que el rubor que revela a los culpables, me invadía de improviso la cara; me parecía que su mirada penetraba hasta el fondo de mi alma...

Por la tarde fui a buscar un libro a mi cuarto, cualquiera que fuese, el primero que me vino a la mano, y traté de leer, pero las letras bailaban delante de mis ojos y la cabeza me zumbaba: se habría dicho que mil murciélagos se recreaban en él.