Un olor de humedad, de hierbas marchitas y de piedras en ruinas, se desprendía de las paredes. Una vieja puerta extendía por sobre mí el arco de su bóveda.
Penetré en el interior. En todo mi derredor se alzaban las paredes, destacándose negras en el cielo de la noche, cuya luz azulada brillaba aquí y allí por encima de mi cabeza.
Cerca de mí vi, agazapada en la sombra, en medio de los escombros, una forma humana, cuya silueta reconocí en seguida.
—¡Roberto!—grité sorprendida.
Él se paró de un salto.
—¡Olga!—gritó a su vez.—¿Me traes acaso malas noticias?
—No—le dije.—El doctor me ha mandado a tomar aire.
Y, de repente, creí sentir que el suelo cedía bajo mis pies.
—¡Tén cuidado!—me gritó para advertirme.
Pero, en el mismo instante, resbalé y caí en un hoyo obscuro, tan profundo como para sepultar a un hombre, arrastrando conmigo algunas piedras que se desprendieron y rodaron.