—¡Por el amor de Dios, no te muevas! De lo contrario caerás todavía más abajo.
Medio aturdida, me apoyé en las paredes del foso. A mis pies entreví una estrecha banda de tierra sobre la cual estaba en pie; detrás el abismo negro, sin fondo...
A mi lado, vi a Roberto que venía a socorrerme, bajando lentamente y con precaución las gradas de lo que me parecía una escalera.
—¿Dónde estás?—gritó él.
Y al mismo tiempo sentí que su mano, buscándome, avanzaba hacia mí.
Entonces me arrojé contra él y me aferré a su cuello. En seguida me sentí levantada, suspendida entre sus brazos. Me parecía que me habían abierto las venas: creí, en ese instante de abandono y de embriaguez, que mi sangre ardiente se esparcía sobre mí hasta la última gota.
Sentía en mi cara el calor de su aliento. Por un instante tuve la impresión de que había rozado mi frente con un ligero beso.
Después regresamos en silencio a la casa. Yo me apartaba de él lo más que podía, pero en el fondo de mi corazón resonaba este grito de gozo:
«¡Me ha tenido en sus brazos!»
En el umbral de la puerta, el anciano médico salió a nuestro encuentro y nos tendió las manos diciendo: