Tenía los ojos fijos en ella, en la inmovilidad sombría de la desesperación.
—¡Vuelve en ti, Roberto!—le murmuré.—Todo puede componerse todavía.
Él soltó una risa aguda.
—¿Qué entiendes por componerse?—exclamó.—¿Quieres decir que vivirá para arrastrar un cuerpo inválido, una alma quebrantada, una carga para ella misma y para los demás? ¿No sabes que tenemos que elegir entre estas dos alternativas?
Un calofrío helado me penetró hasta la médula de los huesos. Pero al mismo tiempo creía ver que las paredes se apartaban y una perspectiva luminosa, infinita, se abría ante mí.
«¿No querías desempeñar el papel de sacerdotisa en esta casa?»—me decía en tono de reproche una voz interior; pero se extinguió ahogada por el ruido de mi sangre.
—¿De qué sirve discutir?—continuó él.—Ya hace tiempo que me he resignado a permanecer impasible cuando los golpes del Cielo me hieren sin descanso: me he vuelto un ser miserable, sin energía y sin voluntad; me he dejado atar de pies y manos por el destino, y por más que me agito hasta hacer brotar sangre de las articulaciones, eso de nada sirve: impotente soy, impotente seguiré y... ¡nada más! Pero no quiero excitarme con mis palabras y dejarme arrastrar por el furor; una cólera vana como ésta es más despreciable que una hipócrita sumisión.
Sentí encenderse en mí el deseo de arrojarme a sus pies y de gritarle: «Haz de mí lo que quieras; sacrifícame, aplástame bajo tus pies, déjame morir por ti, pero recupera tu valor y cree en tu dicha...» cuando de repente, oí que de los labios de Marta salió un gemido tan lastimero, tan dolorido, que me estremecí, como si me hubieran dado un latigazo.
Quise lanzar un grito, pero el miedo que Roberto me inspiraba me oprimió la garganta; sólo un suspiro se escapó de mi pecho, y lo contuve por fuerza, al ver que su mirada inquieta se fijaba en mis ojos.
—No te preocupes de mí—dije violentándome para sonreír.—¡Con tal de que ella siga mejor!