Él cruzó los brazos sobre su rodilla y repetidas veces inclinó dolorosamente la cabeza.

Luego cesaron los gemidos de Marta. Había dejado caer la barba sobre el pecho y sus ojos estaban medio cerrados. Casi se habría podido creer que dormía; pero continuaba divagando y marmoteando.

Un gran silencio reinó en el dormitorio débilmente alumbrado. No se oía más que un ligero silbido del viento contra la ventana y el ruido de los ratones que corrían entre los tirantes del techo.

Roberto había hundido la cabeza en sus manos y escuchaba con espanto el lenguaje incoherente de Marta. Poco a poco pareció calmarse, su respiración se hizo más regular y más espaciada; de rato en rato su cabeza se inclinaba hacia un lado para volverse a levantar inmediatamente después, con un brusco movimiento.

Un irresistible sueño se había apoderado de él.

Quise obligarlo a que fuera a descansar, pero tenía miedo del sonido de mi voz y guardé silencio.

A intervalos cada vez más cercanos, la parte alta de su cuerpo se balanceaba hacia un lado; a veces sus cabellos rozaban mi mejilla, y con la mano buscaba en torno suyo si no encontraría en alguna parte un apoyo.

Al fin, de pronto, su frente se inclinó y cayó sobre mi hombro, donde permaneció inmóvil.

Me puse a temblar de pies a cabeza, como si me hubiera acaecido una felicidad inaudita. Se posesionó de mí un deseo irresistible de acariciar su abundante cabellera, que tocaba mi cara. Muy cerca de mis ojos vi brillar algunos hilos plateados.—Ya comienza a encanecer—pensé,—es tiempo de que pruebe lo que llaman la felicidad.—Y lo acaricié efectivamente.

Él suspiraba dormido, y trataba de dar a su cabeza una posición más cómoda.