—No está bien así—me dije,—es necesario que te le acerques.

Y lo hice. Su hombro se apoyó en el mío y su cabeza se inclinó sobre mi pecho.

—Tienes que pasar tu brazo en torno de su cuerpo—me gritaba una voz interior,—de lo contrario no descansará bien.

Dos veces, tres veces, traté de hacerlo, pero retrocedía de espanto.

¡Si Marta fuera a despertarse bruscamente! Pero no, sus ojos nada veían, sus oídos nada oían.

Y me decidí...

Entonces se apoderó de mí una alegría desatinada. Me estreché contra él a hurtadillas, diciéndome con ardor: ¡Oh, cómo quisiera cuidarte y velar sobre ti; cómo quisiera hacer desaparecer con mis besos las arrugas de tu frente y las penas de tu alma! ¡Cómo lucharía por ti con toda la fuerza de mi juventud, sin descansar nunca hasta no haber vuelto la alegría a tus ojos y el sol a tu corazón! Pero para eso...

Mis miradas se volvieron hacia Marta. Sí, vivía, vivía siempre. Su seno se levantaba y se bajaba bajo la acción de una respiración corta y precipitada. Parecía más viva que nunca.

Y, de repente, vi una llamarada que pasó ante mis ojos y creí leer, enfrente, en la pared, estas palabras:

¡Oh, si ella muriera! Sí, era eso, esas eran las palabras.