Roberto se apoderó de las manos de su padre.
—No te mezcles en esto, padre—dijo...—La cuenta que hoy tengo que arreglar con mi madre, sólo a nosotros dos concierne. Madre, te lo pregunto una vez más: ¿por qué ha muerto Olga?
Se había apoyado contra la pared y miraba a su madre fijamente con los ojos inyectados de sangre.
Mientras tanto, la señora Hellinger se había echado a llorar.
—¿Acaso lo sé?—dijo sollozando.—¿Acaso puede saberlo alguien? La hemos encontrado en su cama, nada más. La infeliz criatura ha traído la vergüenza a nuestra casa, en señal de agradecimiento...
—No la ultrajes, madre—dijo él con un gruñido feroz.—¡Muy bien sabes que era mi novia!
Ella lanzó un grito de sorpresa, y su marido hizo un ademán de extrañeza.
—¿Cómo, madre! ¿No lo sabías?—gritó Roberto golpeándose la frente con ambos puños.—¿Ella nada te dijo? ¿No fue a buscarte anoche para contarte lo que había pasado entre nosotros durante el día?
—¡Nada me dijo!—gimió ella.—Apenas si me dirigió una sílaba, y se encerró en su cuarto...
—Madre—dijo él acercándose hasta tocarla,—cuando te hube confesado todo, ¿no te dirigiste a su conciencia? ¿No le predicaste que, si me amaba verdaderamente, debía renunciar a mí, porque hacía mi desgracia, y sabe Dios cuántas otras cosas? Madre ¿no has hecho eso?