—¡Mi propio hijo no me cree! ¡Mi propio hijo me acusa de falsedad!—gimió la vieja.—¡He ahí el agradecimiento que obtengo hoy de mis hijos!

Él le tomó la mano.

—Madre—dijo,—mucho me has hecho sufrir en todos estos últimos años. Los peores dolores, los más amargos que he tenido que padecer, te los debo a ti.

—¡Dios de misericordia!—exclamó ella con voz aguda.—¡He ahí el agradecimiento! ¡He ahí el agradecimiento!

—Pero todo el mal que nos has hecho, a Marta y a mí, te lo perdonaré, madre,—continuó Roberto,—sí ¡y aun más! Te pediré perdón de rodillas por haber alimentado a veces malos pensamientos contra ti, pero es necesario que me otorgues una cosa: es preciso que me jures aquí, sobre este cadáver, que nada sabías, que en todo me has dicho la verdad.

Y la acercó al cadáver que parecía contemplarlo con su sonrisa de beatitud, como una novia que sonríe a su novio.

—¿Acaso es necesario semejante juramento entre nosotros?—dijo ella en tono dolorido dirigiéndole, con sus hinchados ojos, una mirada amarga y furiosa.

Pero le dejó hacer. Roberto puso la mano derecha de su madre sobre la frente de la muerta; ella la acarició diciendo entre sus sollozos:

—¡Lo juro, mi querida! ¡Bien lo sabes tú, tú, que yo ignoraba todo y que jamás te he exigido nada malo!

Entonces exhaló un suspiro de alivio, como si descubriera de improviso lo ventajoso que era para ella y para su familia ese lúgubre acontecimiento. En la tierna caricia con que rozó el rostro de la muerta había un agradecimiento sincero.