En el mismo instante el viejo médico entró precipitadamente en la habitación. Había querido ir al encuentro de Roberto para prepararlo a la espantosa noticia, y veía con terror que llegaba demasiado tarde.
El viejo Hellinger se adelantó vivamente a recibirlo y le cuchicheó en el oído:
—¡Lléveselo usted, está como un loco! Aquí nada podremos obtener de él.
Roberto se había quedado inmóvil, abrazado a las columnas de la cama; su pecho jadeaba; su rostro parecía petrificado por un dolor sombrío, sin lágrimas.
El doctor frotó su ruda barba gris contra el hombro del joven y gruñó con ese tono de consuelo áspero que, mejor que cualquier otro, llega al corazón de los hombres enérgicos:
—Ven, hijo mío. No hagas locuras; ¡no turbes su reposo!
Roberto se estremeció e inclinó dos o tres veces la cabeza.
Y, de repente, como vencido por el dolor, cayó de rodillas delante de la cama gritando:
—¿Por qué has muerto?