—Deja, queridita—me decía acariciándome las mejillas,—eres la princesa de la familia; continúa.
Eso me ofendía. Habría soportado todo salvo que me despidiera cuando iba a ofrecerme con el corazón desbordante de ternura.
Una noche la vi llorar. Me deslicé afuera, al jardín, y sostuve un rudo combate. El deseo de ir en su ayuda me ahogaba; pero no me atrevía a acercármele y echarle los brazos al cuello para consolarla. Cuando estuve en cama, la necesidad de brindarle mi ternura se apoderó de mí con nuevas fuerzas: me levanté, y en camisa, como estaba, me aventuré por el corredor obscuro.
Permanecí largo rato delante de su puerta, temblando de frío y de miedo, con la mano sobre el botón. Al fin me armé de valor y entré muy suavemente en su cuarto.
La encontré arrodillada junto a la cama, con el rostro oculto en la almohada, y parecía orar.
Me quedé inmóvil en el umbral, pues no me atrevía a perturbarla.
Al fin, se volvió y al verme se levantó estremeciéndose.
—¿Qué quieres?—balbució.
Yo me colgué de ella y mis sollozos habrían enternecido a un corazón de piedra.
—¡En nombre del Cielo, querida! ¿Qué tienes?—gritó.