No me hallaba en estado de proferir una palabra. Pero ella, con un movimiento maternal, tomó una gruesa manta de lana, me envolvió en ella y me colocó en su regazo, aunque yo ya era más grande que ella.
—Vamos, confiésate, tesoro mío. ¿Qué ocurre?—me preguntó acariciándome las mejillas.
Reuní todo mi valor, y con la cara oculta en su cuello, le dije en un sollozo:
—Marta, quiero ayudarte.
Siguió un largo silencio, y cuando alcé los ojos, vi vagar por sus labios una sonrisa indeciblemente amarga y triste. Entonces me tomó la cabeza entre sus manos, me besó en la frente y me dijo:
—Ven, voy a acostarte, querida. Yo nada tengo, pero tú, me parece que tienes fiebre.
De un salto me puse en pie.
—¡Oh! ¡Haces mal, Marta!—exclamé.—No me dejaré despedir así. No estoy enferma y tampoco soy tan tonta para no ver que te estás consumiendo y que, cada día, encierras en ti nuevos pesares. Si no tienes ninguna confianza en mí, acabaré por creer que nada quieres tener de común conmigo, y que todo ha concluido entre nosotras.
Ella juntó las manos mirándome con sorpresa.
—¿Qué te pasa, querida? Ya no te reconozco... Ven, ven, voy a acostarte—repitió.