»Se puso pálida como una muerta; en seguida me tendió la mano y me dijo, resistiéndose:
—»Renuncia a esa idea, Roberto; yo no puedo ser tu mujer.
»Y yo, al retirarme, muy avergonzado, me decía: ¡esto no es más que lo que mereces, presuntuoso!
»Y he aquí que hoy, querido tío... no puedo escribirlo... Mi mano se detiene. ¡Es tal la felicidad y tan inesperada, que casi me abruma! ¡Mañana, tío, mañana te lo contaré todo!
»Por la mañana tengo que ir a la granja. Volveré como a las doce, e inmediatamente haré la penosa diligencia ante mis padres. Mi madre nada sospecha todavía: he aquí sus proyectos trastornados una vez más, por lo cual Olga tendrá mucho que sufrir. Hasta temo que concluya por despedirla de la casa. ¡Con tal de que yo la tenga bajo mi techo antes!
»Son las tres de la mañana: basta por hoy.
»Tu muy agradecido y muy feliz, Roberto Hellinger.»
El viejo médico enjugó una lágrima que rodaba por su mejilla. «¡El buen muchacho!»—murmuró.—«¡Cómo remolinean los sentimientos en su cerebro acalorado, y qué franqueza en todo esto, qué rectitud en la menor palabra! Verdaderamente, es muy digno de ti, mi buena y noble niña: es el único a quien yo te daría con placer. Y ahora voy a ver si tú también tienes confianza en el viejo tío. Voy a cerciorarme de ello inmediatamente.»
Y riéndose y gruñendo escondió la cabeza entre las almohadas. Luego, de repente, gritó con voz que resonó en toda la casa como un trueno:
—¡Mil millones!... ¿Dónde está mi pantalón?