Se lo llevaron, y cinco minutos después, el anciano se hallaba ya listo, delante de su espejo; sólo le faltaba su peluca de un gris amarillento.

—Mi sombrero... mi abrigo... mi bastón...—gritó en el corredor.

—¡Pero el café, Dios mío, el café!—gritó la vieja desde la cocina, más fuerte aún, si esto era posible.

—¡Bueno, pero pronto entonces!—replicó él, siempre en el mismo tono.—Es preciso que esté aquí antes de que yo haya concluido de leer mis cartas.

Y, refunfuñando de impaciencia, tomó el montón de cartas que se había quedado hasta entonces en la mesa de noche sin que él le hiciera caso. Eran ofertas de vino, el anuncio de un nacimiento en casa de Cohn,—¡un pobre ciego con un hijo recién nacido!—y de repente se estremeció, mientras una sonrisa aparecía de nuevo en su rostro.

—¡Diantre! No me esperaba esto—murmuró con satisfacción.—Ella tampoco ha podido dormirse sin hacer al viejo tío el confidente de su dicha. Eso está bien, hijos míos; os lo tendremos en cuenta.

Y con la misma alegre prisa con que había abierto la carta de Roberto Hellinger, rompió el nuevo sobre.

Pero apenas había comenzado a leer, cuando con un grito ahogado retrocedió dos pasos, tambaleándose, como un hombre que recibe un golpe por sorpresa. Su rostro gris se volvió de una palidez gredosa, sus ojos salieron de sus órbitas, y sus viejos y secos dedos apretaron como garras el papel que temblaba.

Cuando la ama de llaves entró con el café, encontró a su amo sentado como una mole inerte en un ángulo del sofá, con la frente cubierta de gruesas gotas de sudor y mirando fijamente con sus ojos apagados el papel que sus manos estrujaban todavía con un apretón casi convulsivo.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Señor doctor!—exclamó la anciana dejando caer con estrépito la bandeja sobre la mesa.