—¡Vaya si ha venido!—dijo papá sin dejar de reírse.

—Entonces, es... Roberto Hellinger—dijo.

Y exhaló un profundo suspiro como si le hubiera costado mucho decir aquello.

—¡Mil truenos! ¡Adivinas bien, chicuela!—dijo papá amenazándola con el dedo.

Ella nada contestó, y con su paso lento y cansado se dirigió hacia la puerta; en toda la tarde nadie la volvió a ver.

Por mi parte, la visita del primo me dejaba bastante indiferente. Su imagen de otros tiempos, tal cual se me presentaba confusamente, no era como para llenar de ensueños ardientes una romántica cabeza de quince años.

Pero la actitud de Marta me había llamado la atención.

Al día siguiente, desde muy temprano, la oí ir y venir a pasos precipitados, en el piso superior, por los cuartos de huéspedes.

Fui a buscarla, pues tenía curiosidad de ver lo que la ocupaba en esas habitaciones habitualmente cerradas.

Había abierto todas las ventanas, sacado las sobrecamas y las cortinas, y en chanclas, corría en medio del desorden, de un cuarto al otro. Se cogía el rostro con ambas manos y se reía sola con una risa tan extraña, que no se sabía si era llanto.