Cuando le pregunté: «¿Qué haces ahí, Marta?» se estremeció, me miró muy confusa y sólo entonces pareció darse cuenta del lugar en que se encontraba.
—Ya lo ves: preparo las camas—balbució al cabo de un instante.
—¿Para quién?—pregunté.
—¿Acaso no sabes que esperamos una visita?
—¿Y eso es lo que te regocija tan terriblemente?—repliqué, encogiéndome ligeramente de hombros.
—¿Y por qué no había de regocijarme? Es nuestro primo.
—¿Y nada más?—dije yo amenazándola con el dedo, como lo había visto hacer la víspera a papá.
Entonces, de improviso, ella se puso muy grave y me dirigió con sus grandes ojos tristes una mirada tan llena de reproche, que sentí que la sangre me afluía, ardiente, al rostro. Volví la cara a un lado, y como ya no podía seguir representando el papel de mujer superior, me dirigí a la puerta.
A partir de ese instante, el primo Roberto me dio mucho qué pensar. Me parecía evidente que él y Marta se amaban, y sobrecogida por la vibración misteriosa con que la idea del gran desconocido llena a los seminiños de mi edad, comencé a representarme la manera cómo había podido nacer ese amor.
Corría a través de los bosquecillos silvestres del parque y me decía: