—Marta, creo que ahí está.

Pero ella me demostró en seguida que yo no era su confidente: me miró un instante fijamente y me preguntó, como si su espíritu estuviera lejos:

—¿De quién quieres hablar?

—¿De quién? Pues del primo, naturalmente.

—¿Y por qué me dices eso tan misteriosamente?

Y como al oír eso me encogí de hombros, ella tomó la espumadera que había dejado caer y volvió a su tarea.

—¿Y esa es toda la alegría que sientes?—continué, encogiendo el labio con expresión despreciativa.

Pero ella me apartó con la mano izquierda, con una brusquedad inacostumbrada.

—¡Vete, chiquilla, te lo ruego!

Y he ahí cómo yo recibí al primo Roberto en su lugar.