En el instante en que salí al terrado, él bajaba del carruaje.
«No es mucho mejor que papá,» fue mi primer pensamiento. Era alto, de estatura gigantesca, el pecho y las espaldas anchas, el rostro moreno, con dos ojillos azules, y encuadrado por una barba rubia, erizada, una de aquellas barbas que llevaban los antiguos lasquenetes.
—«No falta más que la yugular,»—pensé para mis adentros.
De un salto salvó varios escalones y riéndose vino a mí:
—¡Hola! ¡Buenos días, Marta!—gritó.
Luego, de improviso, se estremeció, me miró de los pies a la cabeza y se quedó como petrificado en medio de la escalera.
—¡Yo no me llamo Marta, sino Olga!—dije un poco humillada.
—¡Ya me lo decía yo!...—exclamó sacudiéndose, y, adelantándose hacia mí, me alargó una mano roja y tosca de trabajador, toda encallecida y agrietada.
—«¡Qué palurdo!»—me dije mentalmente.
Cuando ya estuvimos dentro de la casa, me examinó nuevamente.