—Todavía eras una pequeñuela, cuando salí de aquí, y me parece verdaderamente extraordinario que te asemejes tanto a Marta.
—«¿Yo, parecerme a Marta?—pensé—¿Cuándo me habré parecido a Marta?»
—Pero no—continuó,—ella no era tan alta, sus cabellos eran más claros, no tenía esa expresión tan altiva, y... no miraba con ojos tan severos.
—¡Ah, Dios del Cielo!—me dije.—¿Acaso nunca has visto los ojos de Marta?
En ese instante se abrió muy suavemente la puerta de la cocina, y por la abertura, no más ancha que la mano, ella se escurrió en la habitación. No se había quitado el delantal; su rostro estaba tan blanco como él, y los labios le temblaban.
—Bienvenido seas, Roberto—le dijo tímidamente por detrás, pues él se había vuelto hacia mí.
Al primer sonido de esa voz, Roberto se dio media vuelta bruscamente, y entonces se quedaron un rato frente a frente sin hacer un movimiento, sin articular una sílaba.
Yo temblaba; hacía dos días que acechaba ese momento, y he ahí que el resultado burlaba lastimosamente mi espera.
Al fin se acercaron lentamente el uno al otro y se besaron. Pero ese mismo beso no me gustó; a mí no me habría besado de otra manera.
—Sí, pero ni siquiera lo ha hecho—agregué para mis adentros.