Después permanecieron nuevamente inmóviles y silenciosos. Mi corazón latía con tanta violencia, que tuve que apretarme el pecho con las dos manos.
Al fin, Marta le dijo:
—¿No quieres sentarte, Roberto?
Él hizo un ademán de asentimiento y se dejó caer en un rincón del sofá que crujió bajo su peso. Continuaba mirándola incesantemente; al cabo de un largo rato, dijo:
—¡Mucho has cambiado, Marta!
Al oír esto me pareció que me daban una bofetada.
Una sonrisa de una tristeza indecible rozó los labios de Marta:
—Sí—dijo.—¡Mucho debo haber cambiado!
Nuevo silencio. Se habría dicho que Roberto necesitaba mucho tiempo para encontrar palabras capaces de expresar su pensamiento.
—¿Cómo es que jamás he sabido que estabas enferma?—concluyó por decir.