—No lo sé—replicó ella con una dulzura en que se descubría un poco de amargura.
—¿No podías escribírmelo?
—Pero, ¿acaso nos escribimos?
Roberto empujó con irritación el pie de la mesa.
—Pero cuando uno no está bien... entonces... entonces...
No supo decir más.
Yo apreté los puños: ¡habría sabido concluir tan bien la frase por él!
—Tú sabes—dijo Marta,—que el enfermo es siempre el último en saber que no está bien.
—Yo creía que él debía saberlo mejor que nadie.
—¿Y si uno juzga que no vale la pena hacerle caso?