Esta vez Marta habló sin amargura, en el tono tranquilo y moderado que le era habitual, y, sin embargo, cada palabra me partía el corazón.

—¡Oh, Marta!—gritaba una voz dentro de mí.—¿Por qué me has rechazado?

En eso ella soltó una risa breve y preguntó a Roberto cómo estaban en su casa, y lo que hacían mi tío y mi tía.

—Pero primero, quisiera saber lo que hacen mi tío y mi tía—dijo mirando en su derredor hasta en los rincones.

Yo estaba tan contenta de ver disiparse el embarazo que los oprimía, que al verlos buscar por el cuarto tan cómicamente, prorrumpí en una risa estrepitosa.

Ambos se volvieron hacia mí, sorprendidos, como si sólo entonces notaran mi presencia.

—¿Y qué dices de nuestra Olguita?—preguntó Marta, tomándome por la mano con ademán maternal.—¿Te gusta?

—Ahora un poco más—dijo examinándome.—Antes me pareció demasiado enseñorada.

—Sin embargo, no podía saltarte al cuello en seguida—repliqué.

—¿Y por qué no?—repuso con una sonrisa.—¿Crees que no habría habido bastante lugar para ti?