—No—dije, para que supiera de una vez cómo había que tratarme.—Ese no es mi lugar.

Entonces me miró muy azorado, y dijo meneando la cabeza:

—¡Cáspita! La chiquilla es mordaz.

Yo iba a replicar, pero papá entró.

En la mesa no los perdí de vista, pero nada sospechoso hubo que observar; apenas si cambiaron algunas miradas.

—Más tarde, cuando nuestros padres duerman—me dije,—tratarán de escaparse.—Pero me equivoqué. Se quedaron tranquilamente en la sala y ni una sola vez trataron de alejarme. Él fumaba, sentado en un rincón del canapé; ella estaba sentada cinco pasos más allá, junto a la ventana, con su bordado.

—Quizá son demasiado tímidos—me dije,—y esperan que la ocasión se presente sola.—Hice dos o tres observaciones, para ver si cambiaban de lugar, y salí de la habitación. Luego, con el corazón palpitante, esperé media hora, encerrada en mi cuarto y contando los minutos antes de atreverme a volver.

—Ahora—me dije,—él se le acercará, le tomará la mano y la mirará por largo rato en los ojos. ¿Me amas siempre?—le preguntará,—y ella, ruborizándose, con una mirada húmeda, se dejará caer sobre su pecho.

Cerré los ojos y suspiré. Las sienes me palpitaban, me sentía cada vez más embriagada por las imágenes que me representaba y me figuraba su continuación; lo veía caer de rodillas delante de ella, y, con miradas ardientes, balbucir juramentos apasionados de amor y de fidelidad.

Me sabía de memoria lo que él le decía en ese momento, y no menos bien lo que ella le contestaba: habría podido soplarle las palabras.