Como para mi gusto, las cosas se presentaban demasiado simples, inventé un montón de dificultades: negativa de los padres, cita nocturna en la frontera y sorpresa por los cosacos, encarcelamiento, maldición paternal, fuga, y, por fin, muerte común en las aguas, pues un verdadero amor no me parecía dignamente sellado y concluido sino por la muerte.

Cuando me levanté, al día siguiente por la mañana, tenía zumbidos en la cabeza, y ante mis ojos bailaban manchas de luz verdes y amarillas.

Al ver mi semblante, Marta juntó las manos por encima de su cabeza, y Roberto, que otra vez estaba sentado en la esquina del sofá, envuelto nuevamente en nubes de humo, exclamó:

—¿Has pasado la noche llorando o bailando?

—Bailando—repliqué,—en el Brocken con otras brujas.

—No se puede sacar una palabra racional de esta chiquilla,—dijo moviendo la cabeza.

—A preguntas necias...—repliqué.

—¡Vaya! no volveré a abrir la boca—dijo riéndose;—de lo contrario se me serviría desde por la mañana un plato de necedades como en mi vida he comido.

Marta me dirigió una mirada de reproche. Yo huí al fondo del parque, al lugar más sombreado, y oculté mi encendida cara entre el fresco follaje.

Poco me faltaba para llorar.