—He ahí, pues, mi destino—me decía:—desconocida por todo el mundo, aislada y desdeñada con mi corazón ardiente de amor, marchitándome en mi rincón sin que nadie me solicite, mientras que en torno mío todo se entrelaza y satisface su pasión en ardientes besos.

Sí, en sueño, había substituido tan bien a Marta en su amor, que había llegado a tomarme por la heroína: el desencanto no podía hacerse esperar.

¡Si por lo menos a ellos dos se les hubiera ocurrido, más tarde, seguir los vuelos de mi imaginación! pero mientras más tiempo Roberto permanecía entre nosotros, más observaba las relaciones de Marta con él, y más me convencía de que el interés que yo les prodigaba, se perdía totalmente.

Ella, encarnación de la ama de casa, fría y tímida, sometida a todas las fatalidades de la existencia cuotidiana; él, encarnación del propietario, pesado y obtuso, incapaz de toda pasión. Discurría en esta forma, mientras mi corazón estuvo lleno del sentimiento amargo de que yo pasaba inadvertida y era inútil. Entonces ocurrió un incidente que no sólo suavizó mi humor, sino que hasta modificó sensiblemente mi juicio sobre nuestro primo.

VII

Hacía cuatro días que Roberto estaba en casa, cuando vino a buscarme de improviso y me dijo:

—Olguita, quisiera pedirte algo; ¿no vendrías a hacer un paseo a caballo conmigo?

—¡Qué honor!—repliqué.

—No, no hay que volver a empezar en ese tono—dijo con una risa en la cual se notaba algo de enfado.—Tratemos de ser buenos camaradas por media hora, ¿quieres?

Su ingenua franqueza me agradó: dije que sí.