—Quiero bajar—le grité,—ven a ayudarme a echar pie a tierra.

De un salto bajó de su caballo e hizo lo que yo le pedía.

—¿Qué quieres hacer?—me preguntó.

—Vas a verlo—dije,—pero primero suelta los caballos...

—¡No faltaba más!—dijo Roberto riéndose.—Me haces el efecto de quien quiere coger las liebres poniéndoles un grano de sal bajo la cola.

E hizo ademán de atar las riendas a un tronco de árbol.

—¡Suéltalos!—ordené.

Y como él no obedecía castigué a los caballos con mi varilla: antes que él hubiera pensado en sostener más fuertemente las bridas, los caballos galopaban ya libremente en el bosque.

—¿Y ahora?—dijo mi primo poniéndose las manos en los bolsillos.—¿Te imaginas que van a dejarse coger otra vez?

—Por ti, no—respondí riéndome, pues estaba segura de mis favoritos.