Y cuando al oír un ligero silbido de mis labios, ambos acudieron desde lejos dando brincos y vinieron a rozar suavemente mi cuello con sus hocicos, esperando una caricia, mi corazón se dilató: me sentía orgullosa de que hubiera en la tierra criaturas, aunque privadas de razón, que se inclinaban ante mi poder y me eran sumisas por afecto, y alcé hacia Roberto una mirada triunfante: ahora él debía saber quién era yo y qué pretendía.

Pero vi muy bien que todavía yo no le imponía.

—¡Maravilloso, chica!—dijo él, y nada más.

En seguida me dio un golpecito paternal en el hombro y se recostó perezosamente en el césped. Los rayos de sol que pasaban a través de las ramas, relucían en su barba: me pareció un gigante en reposo, semejante a los que nos pintan las leyendas del Norte.

Pero en el momento en que, al contemplarlo, iba a sumergirme en mis visiones románticas, se puso a bostezar terriblemente, de tal modo que volví a caer repentina y bruscamente en la prosa.

—¡Pero no nos vamos a quedar aquí, mi señor primo!

—No seas loca, chiquilla—dijo él cerrando los ojos.—Haz como yo, vamos a dormir.

Tuve un impulso de alegría, y, acercándomele, lo cogí por el cuello y lo sacudí fuertemente.

Quiso asir mi vestido, pero yo me escapé, lo que le hizo levantarse vivamente para correr tras de mí.

Entonces, tranquilamente me adelanté hacia él y le dije: