—Bueno, ahora, ven.

Por entre espesos matorrales, lo conduje a la base de la pendiente escarpada, al pie de la cual reposaba el agua profunda semejante a un espejo obscuro. Allí, los árboles de anchas hojas y toda clase de plantas trepadoras formaban, al engancharse a una salida de la roca, una cuna natural, donde había sombra aun en pleno mediodía.

Allí fue donde le hice entrar.

—¡Mil truenos! He aquí un lindo rincón, chica—dijo él al mismo tiempo que se extendía cómodamente sobre la piedra, tanto que sus pies caían casi al nivel del agua.

—Ven, ponte a mi lado; hay sitio para los dos.

Lo obedecí, pero me senté de manera que mi mirada pudiera dominarlo.

Él fingía dormir, y de cuando en cuando, por entre sus párpados medio cerrados, alzaba los ojos hacia mí.

De repente se me ocurrió esta idea:

«¿Si fueras Marta, qué harías en este momento?»

Y un pavor tal se apoderó de mí, que la sangre me subió hirviente a la cara.