—¿Eres miedosa, chiquilla?—me preguntó.

Yo sacudí la cabeza.

—Entonces, ven.

—Ya estoy a tu lado.

—Ponte allí, delante de mí.

Hice lo que me pedía: mis pies tocaban casi el borde de la piedra.

De pronto, se levantó, me asió, rápido como el rayo, por la cintura, y en el mismo instante me sentí suspendida sobre el agua.

Lo miré riéndome.

—¡Cómo!... ¡Cómo!...—dijo.—¡No hay de qué reírse! Si te dejara caer...

—Me ahogaría... Pues bien, ¡déjame caer!