—No. Antes quiero que me confieses algo.
—¿Qué?
—¿Por qué no puedes sufrirme?
Respiré profundamente. Al mismo tiempo sentí que las suelas de mis botines tocaban ya la superficie del agua: él no podía dejarme caer más. Una deliciosa sensación de desfallecimiento me invadió.
—Pero yo puedo sufrirte—le dije.
—¿Por qué entonces me contestas siempre de tan mala manera?
—Porque soy una muchacha mal criada.
—¡Enhorabuena!—dijo él, riéndose.
Y, con un movimiento brusco, me alzó como una pluma: yo me volví a encontrar de pie sobre la piedra.
—Bueno, ahora siéntate; vamos a conversar seriamente.