Me tomó la mano y continuó:
Mira, soy un hombre sencillo, he trabajado mucho y pensado poco en ejercitar mi espíritu. Tú, con tu vivacidad, me ganas fácilmente; por eso es que siempre me cuesta trabajo hablarte. Tú no lo haces con mala intención, bien lo sé, pues en nuestra familia no se conoce la maldad; pero de todos modos eso no conviene. Tengo casi doce años más que tú, tú eres todavía una chiquilla, o poco menos... ¿Tengo razón?
—Tienes razón...—respondí humildemente.
Y me preguntaba aparte lo que se había hecho mi altivez.
—¿Por qué, pues, procedías así?
—Porque quería agradarte.
Y exhalé un profundo suspiro.
Él me miró en los ojos con asombro.
—Porque quería mostrarte que no soy una tontuela, que tengo la cabeza muy a plomo, que yo...
Me detuve muy confusa. Roberto se mordía la barba y miraba frente a él, pensativo.