—¡Miren eso!—dijo.—Pues bien, creo que yo te estaba tomando por el mal lado. ¡Qué suerte que haya seguido el consejo de Marta!
—¿De Marta? ¿Qué consejo te ha dado?
—Tómala aparte, uno de estos días—me ha dicho,—y explícate con ella. Cuando Olga no quiere a alguién, lo aborrece, y me daría mucha pena que no te tuviera cariño.
—¿Marta ha dicho eso?—exclamé, y las lágrimas me asomaron a los ojos.—¡Qué corazón, qué corazón de oro!
—Sí, ha dicho eso y muchas otras cosas más para explicar tu temperamento y excusarte. Y como amo a Marta...
—¿La amas?—dije, interrumpiéndolo, ávida de saber más.
—Sí, profundamente—respondió él pensativo, con los ojos fijos en el agua que corría a sus pies.
Mi corazón latía tan precipitadamente, que apenas podía respirar. ¡Así, pues, él me tomaba por confidente, me convertía en su aliada! Habría querido saltarle al cuello, inmediatamente, tan agradecida me sentía hacia él.
—Y... ¿ella lo sabe?
—Debe saberlo... es una cosa que no se puede ocultar...