En el momento en que colocaba cómodamente delante de mí el paquetito de cartas, oí junto a mí, en el dormitorio de Marta, el ruido sordo de una caída, y luego un murmullo indistinto que me pareció el de una oración mezclada con sollozos.

«¡He ahí cómo celebra la noche de Navidad!»—pensé juntando involuntariamente las manos. Sentí otra vez un dolor en el corazón, como si mi conducta hacia mi hermana fuera falsa y cruel. Y continué devanándome los sesos hasta que vi claramente que sólo las cartas eran culpables.

«¿No es por su bien por lo que escribo y por lo que guardo silencio?»—me pregunté.

Pero mi conciencia no se dejó seducir. No. Aquello fue como si un rayo me hiriera en la cara, pues sentí con qué delicias mi corazón acariciaba esas cartas.

«¿Qué no daría ella por una de estas hojas?»—me dije en seguida.—«Ella que comienza a dudar del amor de Roberto, que lucha con la angustiosa idea de que, si no ha venido, es únicamente porque quiere arrancarla de su corazón.»

«Y tú oyes sus sollozos—continuaba una voz dentro de mí,—y la dejas presa de sus torturas mientras que tú te deleitas pensando en que tienes un secreto con él, con él, que pertenece sólo a ella

Me escondí la cara entre las manos: la vergüenza se apoderaba de mí tan violentamente, que tuve miedo de la luz que me alumbraba. «¡Dale esas cartas!»—me gritó repentinamente una voz, y me lo gritó tan alto y con tanta claridad, que me pareció que era la tempestad la que me había lanzado esas palabras al oído.

Entonces tuve que sostener una lucha terrible. Sin embargo, cada vez que mi buena voluntad cedía, instada por el temor de faltar a la palabra que había dado a Roberto, y por el deseo de seguir todavía en correspondencia secreta con él, el ruido de los sollozos y de la oración de Marta llegaba hasta mí más claro, y me trastornaba a tal punto los sentidos, que me parecía que iba a verme obligada a huir hasta el fin del mundo, para no oírlo más.

Y concluí por cumplir conmigo misma. Tomé las cartas, las reuní en un elegante paquete que até con una cinta y me dispuse a llevárselas a su cuarto.

«¡Este será su regalo de Navidad!»—dije pensando en que ese año no había podido hacerle, como de costumbre, un bordado o un tejido; y, como siempre agrada, cuando se hace un regalo, cierto aparato para ocultar la alegría que desborda del corazón, resolví representar todavía un poco la comedia, antes de entregárselas.