Bajé a medio vestir, tal como estaba, a la sala del piso inferior, donde se encontraban nuestros regalos, bajo el árbol de Navidad. Tanteando en la obscuridad, busqué su plato, recogí los objetos que estaban al lado de éste, y por encima de todo coloqué el paquete de cartas.

Cargada de esta manera, me acerqué a su puerta y toqué.

Oí un roce, el ruido que hace una persona que se levanta bruscamente, y, al cabo de un intervalo bastante largo—sin duda el tiempo necesario para enjugarse los ojos,—su voz resonó muy cerca de la puerta, preguntando quién estaba allí y qué querían.

—Soy yo, Marta—dije.—Te traigo tu plato; lo habías dejado abajo.

—Llévalo a tu cuarto, iré a buscarlo mañana—respondió ella.

Y en la voz tenía sollozos que se esforzaba en disimular.

—Pero un nuevo regalo ha venido a agregarse a los demás—dije.

Y también mis palabras estaban medio ahogadas por las lágrimas.

—¡Bien! Me lo darás mañana—replicó,—ya estoy desvestida.

—Pero ese regalo es mío—dije.