Y, como en la bondad de su corazón, temió ofenderme, no obstante su inmenso dolor, me abrió la puerta.
Me lancé hacia ella y lloré sobre su hombro, apretando convulsivamente el plato con la mano izquierda.
—¿Qué tienes, querida?—me preguntó acariciándome.—En toda la casa eras la única que conservabas tu buen humor, y ahora...
Me armé de valor y, acercándola a la luz, le mostré el plato. A la primera ojeada reconoció la letra; se puso blanca como el yeso que cubría las paredes, y, con sus ojos enrojecidos por las lágrimas, me miró fijamente como si hubiera perdido la razón.
—Tómalo, pues—dije,—tómalo.
Ella extendió la mano, pero la retiró con un ademán brusco: se hubiera dicho que había tocado un hierro candente.
—Ves, Marta—dije, deseando vengarme de su silencio y para darme cierta importancia,—no has querido tener confianza en mí, me has tratado siempre como a una criatura, pero todo lo he adivinado, y, mientras tú te desesperabas, yo he obrado.
Ella continuaba mirándome fijamente, desconcertada, sin comprender.
—Crees que Roberto no se inquieta por ti—continué.—Sin embargo, he tenido que darle cuenta de tu vida, de tu salud, cada semana regularmente.
Marta retrocedió tambaleándose, se llevó las manos a la cabeza, y, de improviso, una especie de calofrío la sacudió. Se adelantó hacia mí, me tomó las manos y con voz singularmente velada, dijo: