—¡Mírame de frente, Olga! ¿Quién de los dos ha escrito la primera carta?
—¡Yo!—dije asombrada, no sabiendo todavía adónde quería ir a parar.
—¿Y tú le has... le has revelado mi estado, me has... ofrecido... Olga?
—¿Qué idea es esa?—dije.—El mismo fue quien me confesó todo, cuando estaba aquí... ¡Oh! Me conocía mejor que tú—agregué, no queriendo dejar escapar de mi juego ese ligero triunfo,—no se avergonzó de tomarme de confidente.
—¡Alabado sea Dios!—murmuró ella con un profundo suspiro, juntando las manos.
—Pero ven, Marta—dije llevándola a la mesa.—Vamos a festejar la Navidad.
Entonces leímos juntas las cartas, una tras otra, y, en cada una de ellas, en cada una de las frases sencillas y desmañadas, aparecía el corazón afectuoso de Roberto, su corazón de oro; arrojaba en nuestras almas abrumadas por el dolor una llamarada ardiente que nos consolaba y nos devolvía la alegría. Reíamos y llorábamos, con las mejillas apoyadas una contra otra, y nos estrechábamos con fuerza las manos, como para procurarnos recíprocamente la sensación de esas vivas y vigorosas presiones, que prodigaba su tosca mano roja.
Y de pronto, estábamos en uno de esos párrafos en que él me rogaba encarecidamente que cuidara a Marta, que velara sobre ella, ésta se sintió abrumada bajo el peso de su felicidad, y, me ruborizo al decirlo, se dejó caer delante de mí y apoyó sus labios en mi mano.
Pero, por violenta que fuera mi emoción, ya no sentía trazas de ese dolor punzante que, hacía poco todavía, junto al árbol de Navidad, me oprimía el corazón. Había cancelado mi deuda y fue en completa libertad, con el corazón aligerado, como me juré velar en lo sucesivo como un ángel tutelar sobre mi hermana que, mucho más que yo, niña simple y sin experiencia, necesitaba apoyo y protección.
Y ella lo sintió también, pues, aunque hasta entonces me hubiera tratado como a una criatura, se abandonó a mi dirección sin resistencia.