—¡Hermano!—exclama.
Y con ruidosos sollozos cae a sus pies.
—¡Mi nene! ¡mi querido nene!
Y Martín, en medio de sus lágrimas, lanza gritos de alegría y lo besa, lo aprieta contra él, como si quisiera no dejarlo marchar.
Al fin te encuentro... ¡Oh Dios! Ahora todo irá bien... ¿no es verdad? Di... todo esto no era más que pura fantasía, pura locura. ¿Tú no sabes lo que has hecho, eh? Ya no te acuerdas. Apostaría a que ya no tienes la menor idea de eso ¿eh? Despiertas, ¿no es verdad que despiertas?
Juan, triste, aprieta los dientes y apoya su rostro en el pecho de su hermano. Pero, de pronto, se le ocurre una idea que le pesa sobre el corazón y le zumba en los oídos, una idea semejante a un vampiro frío y viscoso que bate las alas a su alrededor; en ese brazo, en ese, Gertrudis se ha abandonado... ¡ese mismo día!
Y se pone en pie violentamente. ¡Tiene que salir de aquella sala, tiene que dejar de respirar aquella atmósfera, o va a volverse loco!
Da un salto hacia la puerta... Descorre el cerrojo y... desaparece.
Rígido de estupor, Martín lo sigue con los ojos un momento; después se dice, como para librarse de la inquietud que se apodera de él.
—Está demasiado impresionado y necesita respirar el aire fresco; volverá.