—¿Y no vendrás siquiera una vez al... al?...

—¿Al molino? ¡Jamás!—exclama el joven, levantándose con un resplandor inquieto, de deseo y de angustia, en los ojos.

—¿Y te he de decir adiós aquí... aquí... en este lugar inmundo?... ¡adiós para toda la vida!...

—No puede menos de ser así—dice Juan, bajando la cabeza.

Y Martín vuelve a su idea y murmura:

—¡Es la expiación!

Juan fija una mirada ardiente en su hermano, que, con el alma y el cuerpo quebrantados, permanece agobiado delante de él... Está firmemente resuelto a no volverlo a ver... Pero es preciso que le tienda la mano... en el momento de la separación.

—Adiós, hermano—dice aproximándose a Martín, que se deja estar sentado, inmóvil.—Sé feliz y consérvate bueno.

Pero, de repente, siente como un chorro de calor dulce... Por su cerebro pasan en un mismo instante, un sinnúmero de imágenes. Se vuelve a ver niño, protegido, mimado por su hermano mayor; se vuelve a ver mozo, andando orgulloso del brazo de él; se vuelve a ver, de pie con él, junto al lecho de muerte de los viejos padres; se vuelve a ver con él, en el momento solemne en que, con las manos enlazadas, se prometieron no separarse nunca y no dejar que nadie se introdujese nunca entre ellos...

¡Y entonces!... ¡entonces!...