Martín lanza un gemido violento y vuelve a caer, como aniquilado, sobre el banco.

—Siempre he pensado en ellos; siempre me he acordado de que Martín Felshammer es mi hermano. Y por eso he llegado adonde estoy... ¡Me ha costado un duro sacrificio, puedes creerlo!... Por lo tanto, no te quejes... Créeme... me he portado muy bien contigo... ¡ay, hermano!... muy bien.

Martín no tiene necesidad de averiguar más; ve claramente ya la solución del enigma: la víctima de otro tiempo sale de su tumba para pedir venganza. Entonces, con las manos juntas murmura dulcemente:

—¡La expiación! ¡La expiación!...

El otro continúa:

—Pero haces bien en recordarme a nuestros padres; no tengo derecho a arrojar una mancha sobre su nombre, sobre el nombre de los Felshammer... Esa es una idea que me atormenta desde hace un tiempo... Y, a decir verdad, me alegro de haberte encontrado... Podemos hablar de ello tranquilamente... me voy a América.

Martín contempla por un instante su rostro abotagado; después murmura dulcemente:

—¡Que Dios te acompañe!

Y deja caer pesadamente su frente sobre la mesa.

—Muy pronto—continúa el hermano.—Ya me he informado; el primero de octubre parte un buque de Brema; es preciso que salga yo de aquí la semana próxima... Tú sabrás qué es lo que me corresponde por mi herencia... Debo haber derrochado una buena parte... Dame a cuenta de ella lo que tengas en dinero; envía los fondos a Franz Maas, que yo iré a casa de él a buscarlos...