Martín, sin decir nada, va a la puerta y corre el cerrojo; después vuelve a colocarse delante de su hermano. Su pecho jadea, como si quisiera sacar las palabras de lo más profundo de su alma. ¿Pero de qué le sirve eso? Su voz se queda en la garganta. Nunca ha sido elocuente el pobre rústico; ¿cómo encontrar de pronto conceptos expresivos para arrancar aquel extraviado a su locura? No puede articular más que estas palabras:

—¿Qué te he hecho? ¿Qué te he hecho?

Las repite dos veces, tres veces; las repite infinitamente. ¿Qué más puede decir? Toda su ternura y todo su dolor están ahí.

Juan no responde nada. Se sienta en el banco y hunde las dos manos en sus cabellos incultos. Por su rostro vaga una sonrisa, una sonrisa horrible que no admite consuelo ni esperanza... Al fin interrumpe a su desgraciado hermano, que repite interminablemente su frase, como si esperara verla causar un efecto mágico.

—Basta; no sabes qué decirme y no puedes decirme nada. He acabado conmigo mismo, contigo y con el mundo entero. ¡Si supieras por lo que he pasado en estas seis últimas semanas!... Desde que salí del molino no he dormido bajo techo, porque estaba convencido de que el techo me aplastaría...

—¿Pero, en nombre del cielo, qué tienes?

—No me preguntes nada; no conseguirás saberlo... Deja las palabras; son inútiles... y aunque me jurases por la memoria de nuestros padres...

—Sí; por nuestros padres...—balbucea Martín con alegría.

¿Por qué no he pensado en ello más pronto?

—¡Déjalos tranquilos en su tumba!—replica Juan con su sonrisa odiosa.—Eso no reza conmigo. ¡Ellos no pueden impedir que esté perdido; no pueden impedir que te odie!