Martín, lleno de disgusto y de lástima contempla aquel rostro, cuyas arrugas profundas apenas dejan conocer al Juan de otros tiempos, tan franco de corazón, tan tierno. Es fuerza que las pasiones más viles se hayan apoderado de ese hombre para desfigurarlo de un modo tan terrible en seis cortas semanas.

Se incorpora entonces y lanza una mirada del lado de la puerta.

—Me has encerrado, ¿no es verdad?—dice con una nueva explosión de risa, que penetra a Martín hasta los tuétanos.

—Sí.

—¿Quieres, pues arrastrarme contigo como un criminal?

—¡Juan!

—Eres, en efecto, el más fuerte. Pero te declaro una cosa; que no soy tan débil que no pueda defenderme. Me tiraré carruaje abajo y me romperé la cabeza contra una piedra antes que ir contigo.

—¡Piedad, Dios mío!—exclama Martín.—¿Qué han hecho de ti?

Juan se pasea a lo largo, y hace sonar a su paso las tapaderas de los frascos de cerveza.

—¡Acabemos!—dice al fin, deteniéndose.—¿Qué quieres de mí para venir a encerrarme de este modo?