—¡Vamos! ¡fuera!—repite Martín haciendo un gesto como para saltar a la garganta del primero que proteste.

Dos minutos después han salido todos... Sólo el tabernero está allí todavía, paralizado por el miedo, detrás del mostrador. Al volverse Martín hacia él, con una mirada amenazadora, comienza a quejarse en tono llorón del transtorno causado en su tienda.

Martín mete la mano en el bolsillo, le tira un puñado de monedas de plata y le dice:

—¡Quiero quedarme solo con él!

Y cuando ha cerrado la puerta, detrás del tabernero, que sale inclinándose, se aproxima lentamente a su hermano, que, con el rostro entre las manos, permanece inmóvil, agazapado en un rincón. Coloca suavemente la mano sobre su hombro; y, con una voz trémula de dulzura infinita y de inmensa tristeza:

—Levántate, hijo mío, y hablemos.

Juan no hace un solo movimiento.

—¿No quieres decirme qué tienes contra mí? El desahogo consuela... Alivia tu corazón contándome tus penas.

—¡Consolar mi corazón!... ¡Ay!...

La angustia que contraía sus facciones se ha cambiado en una arrogancia sorda, reprimida.