Y allí, en el extremo de una larga mesa, con las mejillas abotagadas, los ojos ribeteados de rojo y afectados por el brillo vidrioso propio de los borrachos, los cabellos revueltos, la camisa sucia y las ropas en desorden, cubiertas de aristas de paja, restos sin duda del último lecho, estaba su hermano adorado, aquel que lo era todo para él y al que veía convertido entonces en un vicioso precoz, condenado a irremediable desgracia.
—¡Juan!—exclama, y la fusta que tiene en la mano cae al suelo con ruido.
Un silencio de muerte se esparce por la sala llena de gente, y los bebedores contemplan con la boca abierta al intruso.
El desgraciado se ha levantado de su banco, con el rostro rígido por una angustia indecible; de su pecho sale silbando una especie de estertor; da un salto desesperado y trepa a la mesa, y haciendo otro esfuerzo trata de huir por sobre las cabezas de sus vecinos.
Es inútil; la mano de Martín lo sujeta.
—Quédate—gruñe a su oído una voz sorda.
Y al mismo tiempo se siente empujado con fuerza prodigiosa.
Martín abre la puerta; y, mostrando con el puño de la fusta la obscuridad de la noche, se planta en medio de la sala.
—¡Vamos! ¡fuera!—grita con una voz que hace temblar los vasos sobre la mesa.
Los bebedores, jóvenes calaveras en su mayor parte toman sus sombreros y se retiran intimidados; apenas se oye un murmullo ahogado.