Poco a poco van apareciendo a la puerta del molino toda clase de personajes tenebrosos como Löb Levi, de Beelitzhof, el acaparador de granos, y Hoffmann, de Grünhalde, el corredor de fincas; presentan papeles amarillos y grasientos sobre los cuales la mano de Juan ha firmado cantidades a tanto por ciento y a tantos días... Martín contempla largo rato las letras inciertas que se precipitan, como ebrias, unas sobre otras; después, va a su caja de caudales y paga, sin decir palabras, la deuda y los intereses exorbitantes. ¡De buena gana daría la mitad de su riqueza por conseguir la vuelta de su hermano!

Al fin, manda enganchar el carruaje y él mismo va a buscarlo. Anda leguas y leguas, pasa en vela noches enteras, sin conseguir nunca atrapar a su hermano. Las noticias que obtiene de los taberneros son incompletas y confusas; unos le responden de un modo incierto y cohibido, otros con aparato de misterio y en tono socarrón; todos parecen temer que tan pronto como el dueño del molino de Felshammer haya encontrado al borracho de su hermano desaparecerán sus pingües beneficios.

Cuando Martín empieza a notar que lo engañan, se apodera de él el desaliento. Regresa al molino y se encierra por dos días en su despacho. Durante ese tiempo, se pregunta si no sería conveniente pedir ayuda a los gendarmes de Marienfeld. Con su autoridad, sería fácil arrancar la verdad a la gentes. Pero no... hacer buscar a su hermano con la policía es cosa que no permite el honor del nombre de los Felshammer; su padre se estremecería en la tumba.

Un constipado adquirido en sus viajes nocturnos, lo obliga a guardar cama. Y, durante dos mortales semanas, en las que Gertrudis permanece sentada a la cabecera del lecho, noche y día, vive torturado por las alucinaciones de su delirio, en el que sus dos hermanos, el muerto y el vivo, van a rondar alrededor de él, ora distintos ora confundidos en un sólo ser monstruoso, especie de espectro de dos cabezas.

Tan pronto está casi restablecido hace preparar su carruaje. Es fuerza que acabe por encontrarlo.

XXIV

Al fin lo encuentra.

Una noche, muy tarde, a principios de septiembre, sus investigaciones lo llevan a B... aldea situada dos leguas al norte de Marienfeld. A través de las ventanas cerradas de la taberna, se oye un ruido confuso, pataleos, gritos y cánticos avinados.

Baja pesadamente del carruaje y ata el caballo a la puerta del patio. La llama turbia de la linterna vacila al soplo del viento de la noche. Grandes gotas de lluvia golpetean el suelo.

Levanta el cerrojo y empuja la puerta, que se abre de par en par. Una densa humareda azul, de tabaco, le da en el rostro, mezclada con el olor de la cerveza agria.