Y Franz le toma entonces las dos manos.
—Juan, Juan, ¿qué te ha sucedido?
—Paciencia, ya lo sabrás todo—responde Juan.—Será preciso que lo confiese todo a un ser humano, a uno solo... o eso acabará por ahogarme.
—¿Es cierto entonces? ¿Quieres?...
—Esta noche me voy en la diligencia. Ya tengo billete... Antes de venir a verte he atravesado la aldea por última vez. Había obscurecido; podía aventurarme a eso; y me he despedido de todo. He ido hasta la tumba de mis padres, delante de la puerta de la iglesia... y también a la Corona, porque debía aún una miseria al dueño...
—¿Y has olvidado el molino?
Juan se muerde los labios, se retuerce el bigote y murmura:
—Ya iré.
—¡Oh! ¡qué alegría tendrá Martín!—exclama Franz Maas, rojo también por la emoción.
—¿He dicho acaso que iré a ver a Martín?—pregunta Juan entre dientes.