Y su pecho se levanta como para librarse del peso formidable que lo oprime.

—¿Qué? ¿acaso vas a introducirte furtivamente en la casa de tu padre como un ladrón, sin dejarte ver de nadie?

—¡No! Iré a despedirme... pero no de Martín.

—¿De quién, entonces?... ¡Desgraciado!... ¿De quién, entonces?—exclama Franz Maas en el cual se despierta una terrible sospecha.

—Cierra la puerta y siéntate—dice Juan.—Voy a contártelo todo.

Pasan las horas. La tempestad sacude las hojas de las ventanas. El aceite crepita en la lámpara que humea. Los dos amigos están sentados, con las miradas fijas uno en el otro. Juan hace su confesión; no oculta nada, desde su primer encuentro con Gertrudis hasta el instante en que un estremecimiento de horror lo arrancó de los brazos de Martín para arrojarlo a la noche lluviosa.

—Lo que ha pasado después—termina,—puede decirse en dos palabras. Corrí sin saber adónde, hasta que el agua y el frío me volvieron a la realidad. El correo de Marienfeld llegaba en ese momento; subí a él y por lo menos me encontré a cubierto. De ese modo llegué a la ciudad, donde he permanecido hasta hoy. Löb Lévi me ha dado cien táleres, y con eso me he comprado ropa; no quería presentarme harapiento delante de Gertrudis.

—¡Desgraciado!... ¿quieres?...

—¡Nada de sermones!—protesta el joven en tono huraño.—Todo está ya convenido. Le he enviado un billete con un muchacho que encontré en la calle y cuya vuelta he esperado. La halló sola en la cocina, y nadie lo ha visto. A las once estará ella en la presa... y yo ¡ay!... yo también.

—Juan, no hagas eso... ¡te lo suplico!—exclama Franz con angustia;—¡te va a suceder una desgracia!