Juan responde con una carcajada; y con los ojos brillantes, la boca pegada a la oreja de Franz, murmura:
—¿Crees tú, pues, mi pobre amigo, que yo sería capaz de ir a vivir y a morir al extranjero sin haberla visto antes una sola vez? ¿Crees tú que tendría yo valor para contemplar el mar durante cuatro semanas, sin precipitarme en él, si no la hubiese visto otra vez?... ¡Me faltaría la respiración, el alimento se me quedaría en la garganta, me consumiría vivo, si no la hubiese visto una vez más!
Entonces, Franz renunció a disuadirlo.
La mirada inquieta de Juan se alza a cada instante hacia el reloj.
—Ya es hora—dice, tomando su gorra.—A las doce pasa la diligencia. Espérame en la posta y llévame dos billetes de cien táleres; eso me bastará para la travesía. Lo restante puedes devolvérselo a él; no lo necesito... Hasta luego.
Cerca de la puerta, se vuelve para preguntar:
—Dime, ¿me huele el aliento a aguardiente?
—Sí.
El joven lanza una risotada:
—Dame dos o tres granos de café para mascarlos. No quiero causar repugnancia a Gertrudis en el último momento.